Aquel 29 de abril quedó grabado como una de esas tardes que el levantinismo recuerda con una mezcla de tensión y felicidad contenida. El Ciutat de València empujaba sabiendo que todo estaba preparado para certificar el objetivo, en un duelo ante el Real Oviedo que tenía aroma de jornada decisiva.

El partido fue avanzando como si el destino se resistiera a acelerar el desenlace, hasta que apareció el momento. El gol de Sergio Postigo rompió la inercia y encendió definitivamente la fiesta. No hacía falta esperar más: el Levante UD había firmado su quinto ascenso a Primera División.

A falta de seis jornadas para el final de la Liga, el equipo levantó los brazos y el estadio se convirtió en una sola voz. El alirón llegó antes de tiempo, pero con la sensación de que era inevitable. Una tarde de celebración pura, de alivio y orgullo, que quedó para siempre en la memoria granota.