El 25 de octubre de 1957 Antonio Román, en calidad de presidente del Levante U.D., redactó un informe en el que evaluaba los cuantiosos daños sufridos por el feudo de Vallejo como consecuencia de la furia de la lluvia que anegó la ciudad durante la jornada negra del 14 de febrero.

Aquel lunes funesto el cielo se desplomó sobre la capital.

Fue el origen de una catástrofe de una dimensión colosal que sumió a Valencia en el caos. El río Turia no pudo contener la cólera de un caudal desbordado ante las copiosas precipitaciones caídas. Días después de consumarse la tragedia, el mandatario azulgrana se dirigió a la Real Federación Española de Fútbol con la prioritaria finalidad de solicitar al organismo gestor del balompié las ayudas necesarias para tratar de iniciar el proceso de reconstrucción del coliseo granota.

La cercanía del Estadio de Vallejo con el viejo cauce del río Turia, enclavado en las cercanías de los puentes de Serranos y Trinitarios, magnificó el contenido de los perjuicios sufridos por la instalación deportiva. La dificultad era extrema. Antonio Román estimó en novecientas mil pesetas de la época los daños materializados. Evidentemente era una suma de capital muy gravosa para la anoréxica economía de la entidad. El presupuesto, siempre ajustado en grado máximo, desaconsejaba acometer en solitario la restauración del campo. La gravedad y la complejidad de la situación determinaron esta actuación del presidente del Levante elevando este ruego a la principal institución rectora del fútbol profesional.

Antonio Román estimó en novecientas mil pesetas de la época los daños materializados. Evidentemente era una suma de capital muy gravosa para la anoréxica economía de la entidad. El presupuesto, siempre ajustado en grado máximo, desaconsejaba acometer en solitario la restauración del campo. La gravedad y la complejidad de la situación determinaron esta actuación del presidente del Levante elevando este ruego a la principal institución rectora del fútbol profesional.