
20 de febrero de 2026 el Levante marcha del Camp Nou ajado por la rendición ante el Barcelona 3-0. Sus guarismos en el marco de la competición determinan la suma de 18 puntos. La frontera con la permanencia la establece el Elche con 25 puntos. Siete dígitos distancian a la escuadra azulgrana del desafío mayúsculo de la resistencia en la elite. Una permanencia tan estratosférica como legendaria en el marco de la Primera División.
Sobrepasada la jornada vigesimoquinta del campeonato de la regularidad el Levante avista la Primera División a casi tres partidos, tomando como referencia que cada confrontación premia la victoria con tres puntos.
Es, por lo tanto, la diferencia más profunda durante el transcurso del torneo 25-26.
Y por el horizonte comienza a tomar formar un partido que puede ser capital ante el Alavés en el Ciutat. Como conclusión, el Levante cotiza a la baja en el parqué de los inquilinos de la máxima categoría. Por los mentideros de la disciplina del fútbol cobra fuerza el retorno a la categoría de Plata.
Únicamente una heroicidad puede liberar a la sociedad de Orriols de una hecatombe que parece anunciarse.
Quizás el mismo planteamiento desde otro prisma convergente que acentúa la idea de una permanencia tan estratosférica como legendaria en el marco de Primera. Con el mes de febrero ya anunciando su adiós es posible seguir las coordenadas del Girona en la zona intermedia de la tabla con 30 puntos.
En consecuencia, entre el Levante y el Girona median 12 puntos e infinidad de ubicaciones en la tabla.

Un febrero apocalíptico para el Levante
Es posible advertir que la escuadra catalana parece recomponerse a un amanecer de la Liga tortuoso.
Sus acciones cotizan al alza.
Aquellos días de turbulencias parecer haber quedado atrás en el tiempo. El Levante fue testigo de aquellos acontecimientos con una puesta en acción superlativa en Montilivi 0-4. En consecuencia, Levante y Girona ejercían como entidades antagónicas por aquellas jornadas, pero no hay dogmas irresolubles en el fútbol. Asimismo, las noticias luctuosas se acumulaban en el bando granota.
A modo de corolario, febrero fue apocalíptico con un serial de derrotas enlazadas en el tiempo ante Athletic, Valencia, Villarreal y Barcelona.
La final ante el Alavés y el inicio de la reacción
Febrero fue inmisericorde con un bloque que recuperaba la cronología de la competición tras afrontar en el Ciutat el encuentro aplazado ante el Villarreal.
Curiosamente los duelos encadenados bajo el cielo de Orriols ante Valencia y Villarreal parecían sepultar al Levante.
No obstante, la despedida de febrero permitió liberar tensiones con el catártico triunfo ante el Alavés en el coliseo granota. Quizás algo comenzó a germinar por aquellas fechas.
Sin embargo, aquel partido anunció una verdadera final cuando marzo todavía no se había instalado en el almanaque. Noventa minutos sin red para amortiguar cualquier contratiempo.
Realmente, fue la tónica imperante para el Levante desde aquella confrontación para certificar una permanencia tan estratosférica como legendaria en el marco de Primera.
Formalmente tres meses antes de la conclusión de la competición, el Levante acostumbraba a dirimir auténticos enfrentamientos sin arneses de sujeción.
Fue una constante que acentúa el sentido de la conquista de la Primera División.
Es obvio que desprecintar ese tipo de partidos curte la psique. Es una veracidad que el equipo supo acorazarse y luchar por una creencia. El Levante saltaba al verde divisando el precipicio de la Segunda División. El equipo de Luis Castro acostumbró a dirimir citas ligueras sin apenas margen de error. Cualquier imprevisto, por nimio, que fuera amplificaba sus consecuencias.

Un equipo resistente ante la adversidad
Y los contratiempos surgieron en forma de lesiones de activos sobre el césped o decisiones arbitrales que amenazaban la fisonomía del Levante en la clasificación.
Quizás sea uno de los vectores capitales en una permanencia tan estratosférica como legendaria en el marco de la Primera División.
El Levante encaró los partidos desde una necesidad extrema. Sin embargo, nunca claudicó pese a que la Liga conspirara en su contra propiciando una de las rentas más altas para amarrarse a la Primera. Había obligación en cada minuto, pero nunca hubo sensación de pánico. No obstante, el grupo exhibió fortaleza en ese capítulo del juego. Fue un colectivo robusto desde una perspectiva emocional.
Solo desde ese prisma pueden plantearse las remontadas heroicas ante Osasuna y Celta de Vigo ya en las semanas más determinantes. Capítulo especial ante Osasuna tras neutralizar dos goles adversos en el arranque y consumar la remontada en el suspiro final.
La alianza gremial de un bloque responsabilizado y comprometido fue más fuerte que las complicaciones que iban surgiendo. En esa fase de la competición, el gran éxito del Levante radicó en encontrar todo tipo de soluciones para voltear encuentros aristados o situaciones cargadas de conflictividad.
Es una certeza que sorteó emboscadas dentro del rectángulo de juego con sabiduría y dosis de fe. Y también fuera del verde como la semana en que todos los inscritos en la batalla por sobrevivir vencieron sus encuentros. Su respuesta en las diez postreras confrontaciones fue exquisita.
Seis victorias, tres derrotas y un empate en una permanencia tan estratosférica como legendaria en el marco de la Primera División.
Diecinueve puntos que enjugar distancias con entidades que parecían de otra dimensión.
El Ciutat y la afición granota como factor decisivo
Nadie salió con el alma marchita a batallar por el triunfo.
El Levante podía despeñarse cada semana, pero paradójicamente cada semana parecía más fortalecido por las señales y valores que emitía y por los resultados.
Categórico; estaba prohibido no soñar. Y principalmente estaba prohibido rendirse. Llegados a ese punto habría que incidir en las cinco victorias consecutivas en Orriols en la despedida de la Liga.
Y esos retos adquirían ascendencia en virtud de la naturaleza de unos rivales emparentados en cuanto a los objetivos trazados.
Buena parte del desenlace de la competición pasó ante los ojos desorbitados de la afición granota.
Los seguidores azulgranas fueron agentes de primer orden de la gesta. Es otro aspecto a consignar en una permanencia tan estratosférica como legendaria en el marco de la Primera División.
Como consecuencia, el Ciutat se convirtió en una caldera en plena combustión.
Y su aliento fue determinante en la lucha, quimérica en distintas fases, por permanecer en Primera. Un levantinista criado en la soledad de los ochenta y noventa no daría crédito a la pujanza e influencia del Ciutat. Más de veinte mil espíritus de corazón azulgrana en armonía invistiendo a los rivales y conformando el principio de la resistencia más absoluta. Hay tendencias que traspasan las fronteras entre el pasto y la grada.
El coraje y el impulso de Orriols como manera de entender la proyección y la convicción de los jugadores en cada segundo de cada partido.

Carlos Espí, el goleador de la permanencia
Es evidente que una permanencia tan estratosférica como legendaria en el marco de la Primera División tiene sus generales de mando. Y el gol potencia esta estratificación. El gol es la esencia de la disciplina.
Es innegable; la permanencia es tributaria de los goles de Carlos Espi.
No es sencillo marcar dobles dígitos en la máxima categoría. Y todavía menos si los goles se sitúan en un eje temporal establecido entre enero y mayo de 2026. El hecho es sintomático por su singularidad y su ascendente.
Espi mantuvo armado al ejército de Castro. Y Castro le dio a Espi la paz espiritual necesaria a un joven jugador que destiló una confianza ilimitada.
Y las mayorías de las dianas surgidas desde sus botas fueron determinantes.
Esos goles permitieron reescribir partidos, marcar pautas a seguir o cerrar victorias extremas no exentas de un valor superlativo.
Espi no luchó desde la clandestinidad en una permanencia tan estratosférica como legendaria en el marco de la Primera División.
El atacante fijó su efigie sobre el campo y mostró sus credenciales. Lo hizo sin objeciones y desterrando cualquier tipo de desasosiego. Esa condición de neófito que adorna su expediente contrastó con la decisión y aplomo que vertía sobre el pasto.
Parecía aclimatado al ecosistema de la Primera División desde tiempos inmemoriales.
Se movía con la soltura del que conoce con detalle todos los misterios del espacio en el que se desenvuelve. No había tiempo todavía para coleccionar cicatrices, pero había destreza para adaptarse al entorno. Espi convirtió la quimera y la utopía en realidad.
Luis Castro, el alquimista de la salvación
Luis Castro es quizás el alquimista de la permanencia y de la radical transformación del grupo.
Con un discurso sosegado y sin estridencias fue metamorfoseando la mente de sus jugadores hasta convertirlos en gladiadores invencibles.
“Yo creo”, precisó con sutileza y con seguridad ante los medios.
Fue un mantra que marcó su pensamiento en cada una de las ruedas de prensa previas a las batallas ligueras. Quizás fuera una manera de liberar la mente o quizás una manera de persuadir a todos los actores implicados en la contienda. Espíritu de sobrevivencia.
Lo cierto es que esta especie de consigna fue ampliando los márgenes. Desde las entrañas de sala de prensa hasta el punto tectónico de la grada del Ciutat. El mensaje caló entre los distintos estamentos del levantinismo.
Asidos a esta misiva el Levante fue reduciendo las distancias con la permanencia.
Luis Castro rompió con todos los estigmas que le acompañaron desde su presentación como preparador azulgrana.
El hecho de afrontar su inicial experiencia en la competición liguera no implicaba que desconociera el medio de la Primera División.
Su llegada a Orriols desde Francia tampoco suponía un desconocimiento absoluto de la idiosincrasia y valores de su nuevo club.
Y sus escasas horas de vuelo en la máxima categoría tampoco era una condición sine qua nom para alimentar el fracaso.
Luis Castro, el hombre tranquilo, persuadió a la plantilla de abrazar una permanencia tan estratosférica como legendaria en el marco de la Primera División.
